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14 de junio de 2017

"Tormentas de calor"


Vuelven a surgir estos días en los medios expresiones como "tormentas de calor propiciadas por las altas temperaturas", algo que, en mi opinión, no es muy adecuado desde el punto de vista conceptual. Por eso me parece oportuno transcribir a continuación algo que ya escribí en este blog hace cinco años, aunque con algún ligero retoque.


En el tiempo veraniego el chorro polar asciende de latitud y por tanto es difícil que sus borrascas afecten a la Península Ibérica. Lo habitual es que predomine sobre ella una gran masa de aire cálido y estable extendiéndose desde el norte de África y dando lugar a un tiempo seco y caluroso. En superficie reina el anticiclón, si bien sobre el centro de la Península la presión baja algo por efecto de ese calor lo que origina una entrada de aire del este-sureste, el llamado viento “solano” en el interior peninsular, que con su sequedad aviva aún mas la sensación de agobio. A veces, el extremo de un frente frío roza el área Cantábrica pudiendo afectar ocasionalmente al resto de la mitad norte. Si lo hace, aparecen tormentas y las temperaturas se suavizan un par de días.

Sin embargo hay una situación veraniega que es la que origina las incidencias meteorológicas más significativas y que, además es la que suele dar más problemas a los predictores. Tiene lugar cuando una débil vaguada o pequeña dana atlántica en niveles medios-altos de la atmósfera, proveniente de un remonte tropical-subtropical, o descolgada de la circulación del chorro que queda muy al norte, y con algo de aire frío en su interior, se acerca lentamente desde el área de Azores-Madeira hacia la Península. Delante de ella predominan los vientos del sur con aire cálido de carácter tropical o subtropical. Si la vaguada está lo suficientemente cerca, este aire proviene del norte de África y llega muy seco con polvo en suspensión. El cielo se torna blanco-plomizo y la sensación de bochorno y agobio es total. Se suelen registrar temperaturas muy altas que, normalmente, pueden ser las más altas del verano si la situación ocurre en la segunda quincena de julio o en los primeros días de agosto.

Unas veces la vaguada se queda estacionaria en esa posición y se suceden los días de temperaturas muy altas: estamos en una ola de calor o, al menos en un periodo de temperatura elevadas. Otras, la vaguada se mueve hacia el oeste o noroeste de la Península con dirección hacia Francia o las Islas Británicas dando lugar a que, tras ella, entre sobre España aire atlántico más fresco limpiando el ambiente y suavizando las temperaturas. La tercera posibilidad es que la vaguada o pequeña (pequeñísima a veces) dana se acerque mucho o finalmente se decida a atravesar la Península dando lugar a una amplia y potente actividad tormentosa.

Este tipo de tormentas no ligadas a frentes o a borrascas frías se las llama a veces “tormentas de calor”. La idea popular que subyace en esa denominación es que “ha hecho tanto calor que al final las tormentas han saltado”. No es así; en una masa de aire cálida y estable a todos los niveles no “saltan” espontáneamente las tormentas.  En ese caso tendríamos tormentas en muchos o todos los días del verano. Lo que a veces ha llevado a esa conclusión es que, justamente durante los dos o tres días anteriores, las temperaturas han sido muy altas  al reforzarse la entrada de aire del  sur o del sureste por el acercamiento de la perturbación en altura.

Un  recordado meteorólogo español -García de Pedraza- decía que las tormentas necesitan “pies calientes y cabeza fría”. Es decir, es necesario que aparezca algo de aire más frío -aunque no sea mucho ni extenso- por las capas medias y altas de la atmósfera de modo que el aire cálido de  las capas bajas pueda ascender y formar las nubes tormentosas. A veces, incluso ocurriendo esto, la humedad del aire que asciende es tan baja que las nubes que se forman tienen su base muy alta y difuminada entre la calima y sólo aparecen algunos amagos tormentosos con  alguna  actividad eléctrica… los también mal llamados “relámpagos de calor” o "fucilazos".  

Esta imagen es de hace dos o tres años, pero ayuda a explicar el concepto. Bajo una amplia dorsal anticiclónica surge toda una familia de tormentas "de calor" eficazmente ayudadas por un débil embolsamiento frío en niveles medios en el seno de una también débil circulación del oest-suroeste.

Por tanto, desde mi punto de vista, no hay estrictamente “tormentas de calor”. Hace falta además que algo ocurra “por arriba” que ayude a subir a la masa cálida de "abajo". Lo que pasa es que a veces es tan poco definido que sólo se ve si se hace un análisis adecuado de los mapas previstos a más de 9000 metros de altura o, sobre todo, mediante una eficaz interpretación de las imágenes de Meteosat, sobre todo en el canal de absorción de vapor de agua. Es probable, por tanto, que el término se acuñase  en tiempos anteriores a los satélites al no disponer de informaciones que pudieran explicar la génesis de estas tormentas en un ambiente aparentemente anticiclónico a todos los niveles. 

En cualquier caso las “tormentas de calor” y los “relámpagos de calor” forman parte de la tradición veraniega española. Esas denominaciones tienen su encanto, -a mi me gustan- y no es mi intención luchar contra ellas. Deseo únicamente que no den lugar a conceptos equivocados.



12 de junio de 2017

Verano en junio

Aunque es verdad que desde el punto de vista climatológico el trimestre veraniego es el formado por los meses de junio, julio y agosto, y que el verano astronómico empieza hacia el 21 de junio, en la calle se identifican como veraniegos los meses de junio y julio.

Sin embargo, al ver la situación de altas temperaturas que ya ha empezado, y que va a afectar durante toda la semana a una buena parte de la Península y Baleares, y teniendo en cuenta otras situaciones de este tipo, uno empieza a pensar si la percepción de la calle no va a acabar coincidiendo con el criterio de los climatólogos, ya que, por supuesto, el de los astrónomos es inamovible. Algunos estudios han ido apuntando a que en la Península Ibérica, el tiempo veraniego se va extendiendo a los meses de junio y septiembre, y por mi parte añadiría que algún zarpazo se ha notado ya también en algún mayo cercano.

Para ver, aunque no sea de una forma del todo científica, esta expansión hacia junio, me ha parecido oportuno consultar la tabla de olas de calor registradas en la Península y Baleares desde 1976 hasta la actualidad de acuerdo con los trabajos de César Rodriguez Ballesteros recogidos en su página web y en el calendario meteorológico de 2016. Con la utilización de esos datos lo que pretendo es disponer de un indicador objetivo de la aparición de periodos muy cálidos durante el mes de junio, sin que ello me lleve a afirmar por el momento si el periodo actual es una ola de calor, -que seguramente lo va a ser en bastantes provincias- algo que ya se verá cuando AEMET presente el correspondiente informe.

Pues bien, de acuerdo con esa tabla, en el periodo 1976-2016, los años cuyos meses de junio han tenido periodos cálidos considerados como olas de calor han sido 1981, 1994, 2001, 2003, 2004, 2011, 2012 y 2015. Como se ve predominan claramente los registrados en el siglo XXI, ya que de 1976 al 2000 sólo hubo dos, mientras que en los 16 años de este siglo llevamos ya seis. Pero también es interesante constatar que, sólo con una excepción, la fecha más temprana de aparición de esos periodos es el 20 de junio. Sólo el año 1981 la ola empezó el día 11 de junio y se extendió hasta el 16.

Por tanto, salvo esa excepción de 1981, los datos indican una progresión de los periodos muy cálidos desde julio hacia junio y quizás -aunque habrá que confirmarlo en próximos años- ya hacia la primera quincena del mes.

Si consideramos la situación actual desde el punto de vista de la circulación atmosférica en el hemisferio norte, vemos que ya en estos días la configuración es muy veraniega con un chorro ondulado, pero alto de latitud, y cuyas ondulaciones -las que nos llegan- lo hacen sin profundizar mucho hacia el interior de la Península. Sólo cabe esperar -salvo la llegada de una vaguada muy profunda, que todavía podría ocurrir durante la segunda mitad del mes- a que nos alcance alguna baja subtropical emigrada desde el sur o alguna débil dana formada por el estrangulamiento de alguna vaguada atlántica. En esos casos  las tormentas y el aire marino refrescarían algo el ambiente.

La situación de la circulación a 500 hPa en la pasada noche (11 al 12 de junio). Es una imagen que podría ser muy típica de los meses de julio o agosto.  Aunque frecuentemente la masa cálida parece provenir de África, las retrotrayectorias nos indican que muchas veces no es así, y que lo que nos llega es una masa de aire tropical-subtropical marítima. A mi juicio, el problema, y lo de algún modo diferente, no es que en junio llegue esa masa, ni que lo haga con esa temperatura (aunque habría que ver si es climatológicamente normal), sino que permanezca tantos días sobre nosotros.
A la vista de los mapas de temperatura de 850 hPa previstos para el próximo domingo por el sistema EPS del Centro Europeo, parece que es todavía bastante posible que la isoterma de 24ºC -que suele ser el umbral para que se alcancen los 40ºC en algunos observatorios- pueda afectar todavía a la mitad sur peninsular. La mayor incertidumbre aparece por el cuadrante nordeste sin que se pueda precisar aún lo que podría dar de sí una entrada de aire relativamente fresco desde el interior del continente. En cualquier caso, es la persistencia de los periodos cálidos, mas que las temperaturas que puedan alcanzarse, lo que creo que debe preocuparnos -y ocuparnos- más

Y de nuevo surge la cuestión: ¿pura variabilidad de la atmósfera -con periodos más o menos largos de retorno- o efecto del cambio climático? No pretendo entrar ahora en debate pero sí creo que el aumento de este tipo de configuraciones de chorro alto y ondulado va en la linea de lo que las proyecciones de los modelos de cambio climático nos dicen.  Y creo que ese aumento podría estar yendo más allá de lo que la variabilidad natural apoyaría.

Es un tema que hay que tomarlo muy seriamente en el marco de las políticas de cambio climático, y ya casi más en el marco de la mitigación, aunque hay que seguir batallando en el de la prevención. Cuanto  me agradaría ver a los políticos debatiendo con seriedad estas cuestiones y planificando acciones concretas.

8 de junio de 2017

El ministro, los meteorólogos y las probabilidades

Hace unos días han sido noticia las declaraciones del ministro ruso de Situaciones de Emergencia con ocasión de la situación de lluvia intensa y vientos muy fuertes que afectó a Moscú la semana anterior dejando varios muertos y grandes pérdidas materiales. En esa declaración el ministro planteaba estructurar un sistema de responsabilidad económica ante predicciones fallidas o mal comunicadas. Es decir, multar a los meteorólogos -¿o a los organismos correspondientes?- cuando fallen en sus pronósticos o no los comuniquen bien. 

Efectos del temporal en Moscú (foto: AP)

Creo que en esta cuestión cabe distinguir dos aspectos. El primero es que los meteorólogos, como los demás trabajadores, son responsables de cumplir su cometido siguiendo los protocolos establecidos por su empresa u organismo, y si se demostrara una clara negligencia en ello deben recibir el apercibimiento o la sanción correspondiente. Esto es evidente y no cabe darle muchas más vueltas. 

Sin embargo, en predicción meteorológica, las cosas no suelen en general ir por ahí. El fallo proviene normalmente de algún error en los modelos de predicción o de la no idoneidad de protocolos de trabajo o de comunicación, que deberían ser renovados con bastante frecuencia respondiendo a las demandas sociales o a las evoluciones tecnológicas. Y en este contexto hay algo a lo que debe prestarse gran atención y que, a mi juicio, debe ser incluido más pronto que tarde en los protocolos técnicos, y sobre todo de comunicación, en situaciones de fenómenos adversos. Me refiero, como no puede ser de otro modo, a la predicción probabilística. 

No conozco en detalle la situación atmosférica que afectó a Moscú, ni que modelos o técnicas emplearon los predictores, o si el problema fue estrictamente de comunicación. En cualquier caso lo sucedido me recuerda a otra situación en Nueva York -en este caso de nevadas- donde ocurrió también un importante fallo de predicción y que hizo que Louis Uccellini, el director del National Weather Service, reconociera que las cosas hubieran ido mejor si se hubieran tenido más en cuenta las predicciones probabilísticas.  

Conviene recordar a este respecto que los distintos escenarios, normalmente no más de tres o cuatro, que nos ofrecen estos modelos, no nos sirven sólo para atribuir un valor porcentual de ocurrencia a la evolución más probable. Nos ofrecen también otros escenarios con menor probabilidad pero también posibles, de los que hay que estar al tanto -y de los que hay que avisar de forma adecuada- sobre todo si presentan caracteres potencialmente adversos.

Creo que este planteamiento debe introducirse cuanto antes en las rutinas de trabajo de los centros meteorológicos -en buena medida en varios de ellos lo está- pero sobre todo en los protocolos de comunicación hacia autoridades y público. Soy consciente de las resistencias y temores que provoca esta cuestión por miedo al rechazo o a una mala comprensión. No estoy seguro de que eso ocurriera si se hacen las cosas bien pero, en cualquier caso, si el reconocido mejor modelo del mundo informa de la probabilidad -aunque sea baja- de que ocurra un fenómeno adverso importante en una zona concreta, el público afectado debe saberlo y saber también la probabilidad, sea la que sea, de modo que se le facilite la toma de decisiones responsables. 

También es posible que este fenómeno de Moscú, pudiera por sus dimensiones, no haber sido bien resuelto por un modelo de relativa -solo relativa- baja resolución como es el del Centro Europeo. Sin embargo,  los modelos probabilísticos de mesoescala van estando ya disponibles ya en algunos países, y en España es probable que los tengamos también muy pronto. Si es así, creo que habría que preparar ya los protocolos de comunicación adecuados para aprovechar toda su capacidad predictiva en el campo sobre todo de los fenómenos adversos.  

Por tanto, creo que el ministro debería exigir más probabilidades que multas. Es el camino a seguir si realmente se quiere informar mejor en este campo.

2 de junio de 2017

Tormentas...¿qué más podemos hacer?

Las imágenes de las últimas e intensas tormentas en Ágreda, Teruel y Minglanilla...y las que me temo que todavía podamos ver durante este fin de semana, me plantean algunas reflexiones y preguntas sobre sí podríamos hacer algo más en cuanto a un conocimiento más profundo de estos fenómenos en nuestro país así como para aumentar la autoprotección de la población. 

Granizada de Ágreda (foto: El Mirón de Soria)
Destrozos por la tormenta en Teruel (foto: El Heraldo)
Inundación relámpago en Minglanilla (foto: Cadena SER)

Cuando se ven  esas tremendas inundaciones "relámpago", o las ingentes cantidades de granizo caídas en muy poco tiempo, las preguntas que uno tiende a hacerse son: ¿tenemos cada vez más tormentas? ¿son más intensas que antes?... Una primera e inmediata respuesta es que, ahora, lo que hay son muchas más posibilidades de observación y de comunicación. De este modo, muchas tormentas que antes pasaban desapercibidas ahora no lo hacen y, por tanto, la gran cantidad de información sobre ellas no quiere decir necesariamente que estén aumentando en número o en intensidad. Y puede que sea así..., pero sería interesante intentar comprobarlo.

Es muy difícil llevar a cabo una climatología de tormentas, algo que sería la única forma de estudiar su evolución, y sobre todo sus tendencias. No cabe hacerlo sino por sus fenómenos asociados. En el ámbito de la teledetección pueden serlo las descargas eléctricas o mediante su caracterización y clasificación por datos de radar y satélite. Y por lo que se refiere a datos más convencionales pueden utilizarse las medidas de las intensidades de precipitación, y, en el caso de algunas tormentas severas, la observación directa o indirecta de tornados, algo que ya se inició algunos años y que espero que continúe. 

En relación a los métodos de teledetección, AEMET lleva ya bastantes años desarrollando una climatología de rayos que ha ofrecido y puede seguir ofreciendo informaciones muy importantes sobre la caracterización y tendencia de la actividad eléctrica ligada a tormentas. Creo que son informaciones que deberían difundirse más hacia los medios -adecuadamente comentadas- a través, quizás, de algunas de las ruedas de prensa periódicas que ofrece la Agencia y por supuesto de su web.

Por lo que se refiere a otro indicador indirecto, pero tambièn de gran importancia, como es el de la intensidad de las precipitaciones, es verdad que,  hasta hace no mucho tiempo, la poca densidad de estaciones dotadas de este tipo de medida y lo complejo de su caracterización y normalización, hacía muy difícil trabajar con ese indicador, y aún así, algunos trabajos existen. Sin embargo, muchas estaciones automáticas ofrecen ya este dato de modo sistemático y por otra parte son también muchas las estaciones de redes de aficionados que lo miden. ¿Sería por tanto posible la preparación de un protocolo de observación y recepción de estos datos por parte de AEMET? Se construiría así una nutrida base de datos de intensidades que permitiera el desarrollo de estudios climatológicos más profundos sobre su evolución en tiempo y espacio. Sé que es complejo, pero pienso sinceramente que es importante disponer de una actualización continuada de esas informaciones para múltiples actividades y proyectos, y más en el contexto del cambio climático. 

Cuestión aparte es el tema de la prevención. Está claro que, aunque existan avisos, no hay forma de salvar cosechas o evitar grandes destrozos urbanos cuando se presentan trombas de estas características. Pero sí creo que con una utilización más intensiva de las informaciones de la red de radares de AEMET y de los teléfonos móviles, podría avanzarse en la autoprotección de las personas y de bastantes bienes domésticos, algo difícil de lograr con la actual sistemática de avisos convencionales que, en cualquier caso, necesita una revisión.

Actualmente ya existen en la web de AEMET y accesibles por móvil imágenes radar.  Existe también una app comercial para móviles que también las proporciona, y que incluso puede enviarnos un mensaje cuando la precipitación se encuentra a una cierta distancia de nuestra ubicación. 

Pues bien, creo que se podría ir más allá. Existen algoritmos que, aún con sus fallos, nos indican el desplazamiento más probable de esas precipitaciones en los próximos quince o treinta minutos, una información que puede difundirse tanto como imagen o como datos. Por tanto, al igual que ya se hace con muchos otros temas de interés público, podría desarrollarse -creo que por parte de AEMET- una aplicación para móviles que enviara imágenes reales y previstas (informando claramente de sus limitaciones) a cualquier persona interesada añadiendo incluso algún consejo o recomendación desde el punto de vista de la autoprotección.

Naturalmente, un uso amplio, adecuado y útil de estas informaciones, exigiría una acción continuada de difusión y divulgación por televisión y redes sociales. Además, una acción de este tipo iría abriendo camino a la futura difusión de avisos probabilísticos a muy corto plazo, quizás con una sistemática muy distinta a la actual, que serán posibles una vez que AEMET tenga en operación su sistema de predicción probabilística a muy corto plazo. 

Vamos a intentarlo. Merece la pena.

11 de mayo de 2017

¿Quién dará agua a quién? (Reflexiones ante un nuevo Plan Hidrológico)

Jorge Olcina, catedrático de Análisis Geográfico de la Universidad de Alicante y responsable de su Instituto de Climatología, ha pronunciado una conferencia en la localidad de Rojales bajo el título "Cambio Climático y riesgos en el litoral mediterráneo español"en la que se ha mostrado contrario a que en el nuevo Plan Hidrológico Nacional se consideren acciones de trasvases entre cuencas. 




Me parecen importantes algunos párrafos que sobre la conferencia publica el periódico "La Crónica Independiente", y los transcribo a continuación:

"...el nuevo Plan Hidrológico Nacional (PHN) no debe ni puede, ante la Directiva Marco del Agua de la Unión Europea,  presentar  modelos trasvasistas  de unas cuencas hidrográficas a otras. Como mucho  hay que mantener los que hay (en referencia  al trasvase Tajo-Segura), el cual  sufre una gran sequía en su zona de cabecera, que va a más por el cambio climático y trae cada vez menos agua al Levante."

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"El catedrático estimó que en la coyuntura climática actual  se deben arbitrar  una serie de estudios y ponerlos en marcha de  “como deben  funcionar los territorios sin trasvases de otras cuencas, definir políticas de abastecimientos  territoriales basados en la desalación y reutilización, y en algunos casos crear y mejorar infraestructuras para la recogida y aprovechamiento de agua de lluvia"

No puedo estar más de acuerdo con los planteamientos de Olcina, aunque difiero en que se mantenga "como mucho" el trasvase Tajo-Segura.  Y ello no por una cuestión de solidaridad o insolidaridad entre territorios -que si es justa y bien entendida debe existir-, sino simplemente, y como cada vez está más claro, porque los embalses de la cabecera del Tajo no tienen frecuentemente recursos ni para abastecer adecuadamente las necesidades de su cuenca, y es probable que cada vez tengan menos.

Es posible que cuando se diseñaron los grandes embalses de esta cabecera, las lluvias anuales pudieran generar un cierto superávit de agua para las necesidades de la cuenca, pero, más allá de que esas necesidades han aumentado, lo cierto es que, como muchas veces he hecho notar, desde finales de la década de los setenta o principios de la de los ochenta, la percepción de muchos meteorólogos, aficionados y campesinos es que el régimen de precipitaciones sobre la Península Ibérica ha cambiado. De frecuentes y continuadas entradas de vientos ábregos y llovedores del Atlántico, que dejaban precipitaciones abundantes de lluvia y nieve en los ríos de la vertiente atlántica, se ha pasado a otro régimen de carácter más irregular y bastante menos eficiente para el llenado de acuíferos y pantanos. 

Se trata con frecuencia de chubascos más o menos intensos que provocan rápidas escorrentías con poco almacenamiento, al tiempo que las grandes nevadas en las cordilleras disminuyen en gran medida. Por tanto, y más si esa es la tendencia a la que apuntan las proyecciones climáticas, los embalses de la vertiente atlántica tendrán -salvo algunas excepciones- muy mermadas sus reservas. Y todo ésto en un contexto más general de una moderada disminución general de las precipitaciones, más notable en primavera.

Lo que si reconozco en cualquier caso es que las decisiones que se tomen en la planificación de un nuevo Plan Hidrológico Nacional deben estar basadas no en percepciones sino en los estudios científicos rigurosos. A tal efecto creo que deberían divulgarse más los trabajos de investigación que muestren este cambio de régimen en tipos y distribución de precipitaciones y, de no existir tales, deberían llevarse a cabo lo antes posible.  Pienso que con los reanálisis meteorológicos disponibles ahora ya desde finales del siglo XIX, no parece que sea difícil caracterizar y catalogar cuatro o cinco modelos o patrones de la circulación atmosférica en la zona geográfica de la Península Ibérica y ver su evolución con el tiempo así como el cambio de frecuencias entre ellos. 

Y del mismo modo que se estudia el pasado, me parece que sería también muy interesante hacer una investigación parecida con los patrones futuros de la circulación atmosférica que nos ofrezcan las proyecciones de evolución climática. Además de saber -siempre en un sentido probabilístico, claro está- lo que a llover, deberíamos saber también cuál va a ser el carácter de esas precipitaciones. Así podría diseñarse cuál es el mejor uso que podemos hacer de ellas y cuáles son las alternativas. Además, el conocimiento del tipo de circulación, aunque sea a grandes rasgos, nos permitiría ir conociendo la distribución territorial de las precipitaciones...¿Podría ser cada vez más frecuente que -como ha ocurrido en los últimos doce meses- el índice de precipitación haya sido mayor en las Comunidades de Valencia y Murcia que en amplias zonas de la vertiente atlántica?



Pero aunque, al menos por ahora, ésto sea una singularidad y la escasez de precipitaciones haya castigado mucho también a la zona mediterránea en los últimos años, el problema de esa escasez es común para todos. No cabe sino fijarse en el mapa del índice de precipitación de los tres últimos años y ver la situación en las distintas comunidades:



Por tanto creo necesario que un Plan Hidrológico Nacional tenga en cuenta este tipo de estudios -que debe tenerlos-  además de otras consideraciones socioeconómicas. Y también que las soluciones que plantea Olcina son de todo punto necesarias. ¿Sólo para el área mediterránea? 

No sabemos en el futuro quien abastecerá de agua  a quien...pero hay que intentar conocerlo.




8 de mayo de 2017

Ábregos en mayo

Algunas veces ya he comentado en este blog mi percepción -y la de muchas personas- de que desde finales de la década de los setenta y de los primeros ochenta, la circulación del chorro polar pasó a tener una estructura de ondulaciones más marcadas que las que probablemente tuvo durante décadas anteriores, en las que  eran más frecuentes las circulaciones zonales con vaguadas y dorsales menos pronunciadas. Con este cambio llegó también una disminución de los vientos atlánticos del oeste-suroeste sobre la Península, los vientos "ábregos" o "llovedores" tan conocidos -y deseados- en las Castillas, Extremadura y Andalucía. El resultado de ello fue un cambio progresivo en el tipo de precipitaciones en la vertiente Atlántica, precipitaciones que pasaron a ser más irregulares y menos aprovechables para los acuíferos y los pantanos de los ríos atlánticos.

Todo ello no quiere decir que ya los "llovedores" no nos visiten. Lo hacen, aunque menos frecuentemente, y sus llegadas son esperadas casi siempre con interés y un punto de alegría en la vertiente atlántica. Y ello no sólo por su interés económico, social y ambiental, sino también por el agradable ambiente de limpieza y humedad que se nota...y se respira. 

En la imagen del canal de WV de hoy, 8 de mayo a las 15 UTC, se observa la toma de posición de los diversos elementos clave para la situación de los próximos días. La extensa borrasca atlántica va a actuar como engranaje que dirigirá masas húmedas atlánticas sobre la Península. Es probable que, al menos parte de ellas, procedan de esa gran lengua de aire húmedo que en niveles medios de la atmósfera se dirige ahora hacia Canarias desde el Ecuador-Trópico

Pues bien, nos encontramos ante la inminente llegada de una situación de este tipo que probablemente nos afectará a partir de la tarde-noche del martes hasta el viernes o sábado. Bienvenidas sean casi en cualquier momento, y más en la situación de sequía en que se encuentran muchas zonas de la Península... Pero qué buena hubiera sido la aparición de un temporal de este tipo en pleno otoño, allá por finales de octubre o principios de noviembre. La razón es que en la vertiente atlántica los temporales otoñales del suroeste suelen ser más generosos en lluvias que los primaverales, y también de precipitaciones más "tranquilas", más "empapadoras" de tierras y acuíferos. Sin embargo, en primavera, la atmósfera empieza a tener ya más energía y las masas de aire que entran desde el golfo de Cádiz tienen con frecuencia un carácter inestable , e incluso se inestabilizan más en su recorrido peninsular. El resultado son lluvias más dispersas, intensas y en general menos productivas que las otoñales. Además, dependiendo de la estructura vertical del viento, pueden ir acompañadas de fenómenos convectivos violentos como granizos y algún tornado de mediana intensidad, más probable cuanto más hacia el suroeste peninsular. 


En este espectacular mapa global de 500 hPa, previsto por el Centro Europeo para el próximo jueves a las 00 UTC puede verse la circulación del suroeste que afecta a la Península y que, en ese momento, se forma por la confluencia de un chorro polar débil con una circulación de carácter subtropical proveniente casi de Centroámerica. Es muy de destacar  la compleja circulación sobre Norteámerica y el Atlántico norte, que contrasta mucho con la que existe al este del meridiano 0º y más aún con la regularidad de la del hemisferio sur.
El mapa de superficie previsto también para el jueves a las 00 UTC muestra también el flujo del oeste-suroeste sobre la Península procedente de la zona Madeira-Canarias. Es importante que la advección húmeda se de tanto en niveles bajos como en medios porque ello ayuda a tener una precipitación más eficiente y, en principio, menos convectiva.

Es curioso que en esta ocasión se va a cumplir casi al pie de la letra el periodo que la meteorología popular denomina como "los santos de hielo", unos días -normalmente del 11 al 15 de mayo- en que las temperaturas experimentan un marcado descenso. A veces este hecho se ha producido por una entrada fría desde el nordeste, que ha llegado a producir incluso aguanieve en algunas zonas. Este año no va a ser así, va a ser más lluvioso y suave, pero en cualquier caso también va a ser notable el descenso de las temperaturas en la vertiente atlántica. 

La meteorología popular apunta además que, tras los "santos de hielo", el tiempo vuelve a estabilizarse y las temperaturas ascienden. Es el "veranillo de las rosas y del ruiseñor". Ahora bien, si se cumple lo que empieza a atisbarse en los mapas previstos a medio plazo, ese veranillo será un verano sin diminutivo ya que las temperaturas podrían ser bastante elevadas.  En los últimos años, mayo nos está sorprendiendo con algunos picos de calor bastante marcados. Quizás un síntoma del acortamiento de la primavera en la Península Ibérica....

De momento, disfrutemos de los ábregos....aunque ya se que en la vertiente mediterránea no son tan bienvenidos.  Pero conviene recordar que al menos en las Comunidades de Valencia y Murcia si se produjeron un par de curiosos e importantes temporales de otoño-invierno. 

17 de abril de 2017

Reflexiones y preguntas tras la Semana Santa.

Finaliza una Semana Santa extraordinaria desde el punto de vista meteorológico. Y no sólo por la percepción generalizada de "buen tiempo", sino también porque es bastante poco ordinario que en esta época del año se mantenga la atmósfera estable de un modo casi generalizado durante tantos días. 

Jueves Santo en la Península y Baleares (imagen EOSDIS)

Este año no han surgido protestas de los hosteleros ni críticas a los meteorólogos, pero si se ha producido a mi modo de ver un cambio importante y positivo en el tratamiento informativo de las predicciones para esos días. Si bien cuando ya quedaban muy pocas jornadas para el comienzo de la Semana Santa, se instauraba la idea de que la primera parte del periodo predominaría el "buen tiempo", habían existido muchas dudas previas sobre la posible entrada de una borrasca fría por el noroeste. Los modelos deterministas daban fuertes bandazos de un día para otro, e incluso con una diferencia de 24 horas el modelo del Centro Europeo pasaba de un pronóstico de lluvia y nieve para el Lunes Santo a un tiempo estable y soleado para ese mismo día. 

La situación del Lunes Santo a 500 hPa. En días anteriores, los modelos dudaban mucho -de pasada en pasada- sobre la posibilidad de que la borrasca fría definitivamente estacionada entre Azores y la Península hubiera entrado sobre nosotros.  De haber sido así hubiera provocado un temporal de lluvia y nieve. La predicción probabilística era en aquellos momentos la mejor información disponible.

Una vez que esa duda se aclaró y se vio que la primera parte de la semana el "buen tiempo" estaba casi asegurado, quedaba por ver lo que iba a pasar durante la segunda mitad ya que la continuidad de la estabilidad, al menos sobre el noroeste peninsular, dependía del comportamiento de otra borrasca atlántica, evolución de la primera.

Ante estas situaciones, las predicciones especiales de AEMET para este periodo optaron por la solución a mi juicio más sensata y adecuada: utilizar la predicción probabilística y referirse explícitamente a los dos escenarios posibles y a la probabilidad de ocurrencia de cada uno de ellos, explicándolo de una manera clara y concisa. Por su parte, y reforzando esta iniciativa, algunos comunicadores meteorológicos siguieron este planteamiento e incluso en el espacio de El Tiempo de TVE se aprovechó esta situación para esbozar de forma elemental en que consistía la predicción probabilística y su importancia. Todo ello fue asumido con normalidad.

Creo que es el camino correcto y quiero felicitar a todas las personas que han llevado a cabo esta iniciativa, al tiempo que las animo a que se mantengan en esa línea, al menos en situaciones conflictivas o en las de gran impacto social. Y es algo que se hará más sencillo e inmediato cuando AEMET difunda en su web los distintos escenarios probabilísticos, algo que,  de algún modo,  ya hizo a través de twitter en esta pasada situación. 

Pero, aún siendo prácticamente el mismo, el "buen tiempo" de Semana Santa pasa ahora a ser "mal tiempo" por falta de lluvias.  Si bien desde hoy y durante los dos o tres próximos días surgirán tormentas, y probablemente algunas de marcada intensidad,  no será mucho lo que puedan solucionar, siendo casi lo más importante que el granizo no provoque muchas pérdidas. 

La verdad es que preocupa bastante la escasez o ausencia de lluvias en muchas zonas de España, donde algunos cultivos están siendo muy afectados.  Y los modelos probabilísticos no son muy optimistas para los próximos ocho o diez días, pudiendo llegar al final de abril sin precipitaciones significativas. 

Los mapas del índice estandarizado de precipitación de AEMET son muy claros a este respecto. Si vemos el correspondiente al último año:


podemos observar como, salvo algunas zonas mediterráneas afectadas por los dos últimos y extraordinarios temporales, el resto de las zonas muestra una gran escasez de lluvias, más acentuada en la mitad norte peninsular.

Pero el problema viene de lejos. Podemos ver el mapa del índice calculado para los dos últimos años:



O, incluso, para los tres últimos:



¿Estamos pues ante una de las típicas sequías típicas del área mediterránea? (sin perder de vista que el archipiélago canario también está afectado). ¿Hay algo distintivo en ésta? Qué interesante sería que se llevaran a cabo estudios de atribución para ver su relación -o no- con el cambio climático y conocer la probabilidad de que ésta sea una más de nuestras periódicas sequías o puede marcar algún tipo de tendencia a largo plazo.

Por otra parte, y aunque el estudio de los regímenes de precipitación en la Península resulta muy complejo, parece confirmarse un cierto descenso del valor cuantitativo durante las últimas cinco décadas, así como un acortamiento del periodo húmedo y una cierta tendencia  hacia una mayor concentración de las precipitaciones en el periodo otoñal. ¿Es ésta una consecuencia del cambio climático que viene para quedarse y a la que nos tendremos que adaptar?